La dirección de la cura y la locura del analista



Lic. Norma Beatriz Vallone

La dirección de la cura y la locura del analista
¿No me vas a decir si hago bien o hago mal? La mujer, notoriamente desconcertada, lanzó la pregunta en el transcurso de una entrevista. Había consultado por iniciativa de su abogado, cuya indicación cumplió obediente. Absteniéndome de todo tipo de calificación, puse a rodar los significantes “bien” y “mal”. A continuación, aparecieron fragmentos de su historia.

Aquella entrevista funcionó de disparador para interrogar, una vez más, el lugar del analista en la dirección de la cura. Lacan en su texto La dirección de la cura y los principios de su poder, invocó al “muerto” del juego del bridge para ilustrar sus ideas sobre el tema. En aquellos tiempos todavía no había conceptualizado el “deseo del analista” como tal, pero lo allí señalado: “…los sentimientos del analista sólo tienen un lugar posible en este juego, el del muerto”, preludia y alimenta dicho concepto. Ocupar el lugar del muerto no implica permanecer callado la mayor parte del tiempo y a la hora de intervenir, emitir monosílabos de preferencia. Aún hoy llegan a mi consultorio pacientes que exclaman, no sin asombro, “¡Pero vos hablas!”. Tampoco se trata de dirigir los actos de los pacientes y muchos menos… ¡actuar por ellos!

Existen diferentes rumbos en los cuales el analista puede extraviarse, pretender detentar el saber acerca del deseo de sus pacientes es uno de ellos. Podemos ubicar este proceder en el terreno de la canallada. Dice Lacan en el Reverso del Psicoanálisis, que el canalla “…proclama la verdad desde el lugar del Otro para operar sobre los deseos del Otro”. La manipulación es inherente a la canallada, que sólo puede consumarse de la mano de la astucia. Pero no siempre cuando el analista se arroga el saber sobre el deseo de su paciente está cometiendo una canallada. A veces, se trata de locura.

En la canallada el ejecutante está absolutamente advertido de los fines manipulatorios de su proceder. Si el analista interviene de tal modo creyendo que está haciendo lo correcto, eso es locura. Lacan en su texto Acerca de la causalidad psíquica, analiza el fenómeno de la locura, despojándolo de toda connotación estructural y estableciendo ciertas coordenadas para su estudio que se desprenden de su lectura de Hegel. Estas son: la infatuación del ser, la ley del corazón y el alma bella. Un ser infatuado es el que “se la cree”. Instalado en ese pedestal actúa tratando de ordenar vidas y obras ajenas, desentendiéndose bellamente de los desaguisados que provoca. Efectivamente, hay analistas portadores de narcisismos vigorosos que consideran oportuno indicar a sus pacientes el camino del bien. Pero para un psicoanalista perseguir el bien de sus pacientes está reñido con la ética de su práctica y es indicador de la presencia de puntos ciegos.

¿Pero acaso, el analista nunca sugiere, indica u orienta?

Con determinados pacientes y en determinadas situaciones, sí. El propio Freud distinguió el cobre de la sugestión del oro de la interpretación. Pero la sugestión es tributaria de la transferencia y la transferencia se instala para ser liquidada en algún momento. El Sujeto Supuesto Saber constituye una dimensión de la transferencia. Su instalación es imprescindible. Nadie iría a participarle sus inhibiciones, síntomas y angustias a alguien a quien no supone un saber hacer con ellos. Pero además y fundamentalmente, si la neurosis se cura es porque previamente devino en neurosis de transferencia. Dicho devenir no es ajeno a las maniobras del analista. Ocupar un lugar en la serie psíquica del paciente no implica ordenar cual madre, imponer cual padre o castigar como cualquiera de ambos, por ejemplo. La infatuación del ser del analista lo puede conducir a olvidar el carácter ficcional del dispositivo analítico “creyéndose” por ende, propietario de derechos que no le incumben. El lugar del analista, por el contario, entraña el des- ser. El analista hace semblante del objeto a, pero el objeto a señala, precisamente, un lugar vacío. Por eso, si bien eventualmente el analista puede realizar sugerencias, si lo que pretende conducir es un análisis, el eje de la dirección de la cura no puede asentarse en ese lugar.

¿Por qué un analista se habilitaría a sugerir, indicar u orientar?

El Psicoanálisis fue forjado al fragor de la cura de pacientes adultos y neuróticos. De hecho, el propio Freud descreyó de la eficacia terapéutica de su creación para el tratamiento de las patologías mentales graves. En 1913 en su texto, “El interés por el Psicoanálisis”, escribió: “El psicoanálisis no consigue terapéuticamente nada en las formas graves de las genuinas enfermedades mentales”. Parece que el alcance del psicoanálisis ha excedido y bastante, las expectativas de su propio creador. Mucha agua ha corrido bajo el puente y hoy somos unos cuantos los que abordamos desde el psicoanálisis patologías mentales más que graves. Los pacientes graves y los no tan graves en situación de urgencia, pueden llegar a requerir sugerencias e indicaciones. Por otro lado, estos análisis, junto con los de los niños y adolescentes conllevan la instalación de varias transferencias. Freud, a propósito del tratamiento de niños, describió la importancia del “influjo analítico” sobre los padres. La ambigüedad del concepto, que me permito hacer extensivo a los tratamientos de adolescentes y pacientes graves, puede llegar a incluir sugerencias e indicaciones en determinados momentos. Pero las mismas deben constituir una consecuencia lógica del devenir de ese análisis, porque el analista va delante del paciente, pero no demasiado, maneja a la transferencia, pero no al paciente.

Ocupar el lugar del muerto se relaciona directamente con la abstinencia del analista. El tiene que ubicar lo bueno y lo malo de su accionar en función a la dirección de la cura de ese paciente en particular. Para un analista considerar que es pertinente no hacer es tan importante como conocer su contrario. El analista lee el material que el paciente trae a sesión, la calificación no le compete. La valoración sólo puede realizarse conforme al propio Ideal.

Aquella paciente que inauguró este escrito luego de un tiempo se presentó diciendo que no pretendía realizar más modificaciones. Lo que quería cambiar ya estaba logrado y no tenía intención de ir por más. Recordó también, que no había llegado por decisión propia. En la despedida le dije que si en algún momento decidía otra cosa, siempre tendría la posibilidad de volver.

Para cerrar, aquí van algunas palabras que el padre del Psicoanálisis derramó en su texto, Nuevos caminos de la terapia psicoanalítica: “Nos negamos de manera terminante a hacer del paciente que se pone en nuestras manos en busca de auxilio un patrimonio personal, a plasmar por él su destino, a imponerle nuestros ideales…”




Lic. Norma Beatriz Vallone
nvallone@psicocuestiones.com.ar

Lic. en Psicología