Amapola


Autora: Lic. Norma B. Vallone
Actualizado el 28 de julio de 2014

Amapola es un filme que linda con el realismo mágico. Definido por algunos críticos como onírico y hasta barroco, posee una estética excepcional y una música que acompaña su derrotero de principio a fin.

La historia transcurre en una isla a orillas del río Paraná donde vive una familia de artistas en un hermoso palacete que oficia las veces de hotel. El hotel Amapola. La protagonista es la segunda hija del matrimonio, también llamada Amapola, a la que dicen Ama. Ella tiene que dar y recibir amor, tal parece ser el designio atribuido por el grupo familiar. El guión ofrece el siguiente cuadro: un padre ausente e infiel, una madre sufriente e imposibilitada de cantar, una abuela anciana más cerca de su nieta que sus propios padres, una hermana que eligió al hombre equivocado y un hermanito menor que lee el texto: “El hombre de los lobos” de Sigmund Freud a sus escasos siete u ocho años. Periódicamente, todos deponen enojos y querellas para interpretar juntos: “Sueño de una noche de verano” de William Shakespeare.

La película está enmarcada por dos frases fuertes de la abuela Memé: “Si le das al río algo que quieras mucho, él con los años te traerá a alguien que te va a querer mucho a vos”. Y “A veces la vida puede estallar en mil pedazos, pero si uno cuida esos pedazos, con ellos se puede armar una vida todavía mejor que antes”.

Amapola habla del amor, en derredor a la historia central de Ama, se entretejen otras, laterales, en las que ella interviene activamente. Con intermitencia se disparan recortes de la realidad política del país. En cierto momento, ésta caerá con todo su peso sobre la vida de los protagonistas. Pero la obra también se ocupa del tema del destino y de la posibilidad de construir el mundo que queremos habitar.

Se abren ante nosotros diferentes líneas de análisis. En primer lugar, nos detendremos a considerar la cuestión del objeto. Para Freud el objeto de amor exogámico sólo puede hallarse bajo el horizonte de la pérdida de los objetos incestuosos. Si dicha resignación no se produce, el objeto de amor no puede hacerse presente para el sujeto. Puntualmente, Ama cede al río un fonógrafo. Desde una perspectiva lacaniana dicho objeto constituye un objeto señuelo que impulsa hacia adelante porqué detrás de bambalinas se ubica el objeto causa del deseo. El objeto a no señala otra cosa más que un lugar vacío, que por estar vacío, precisamente, posibilita la búsqueda de los objetos más diversos. No es de olvidar que la denominación de objeto a es otorgada por Lacan en la década del 60 al objeto parcial de la pulsión, objeto que, según Freud, se caracteriza por su contingencia. La familia de Ama se dedica a la música lírica, de ahí lo significativo de la elección del fonógrafo, como objeto a ceder al río. El objeto de amor es un objeto total, no así el de la pulsión. Amor y deseo sexual pueden confluir, pero no necesariamente. En la película, lo muestra incansablemente el padre de Amapola, que siempre acompañado de jóvenes amantes, no por eso parece dejar de amar y reclamar exclusividad de su nunca totalmente resignada esposa.

Otra cuestión interesante es la del destino. ¿Qué puede decir el psicoanálisis acerca del destino? ¿Dónde se ubica? ¿En la historia familiar? ¿En los significantes privilegiados por el Otro primordial? ¿En las modalidades de goce transmitidas a través de la crianza? ¿El sujeto esta condenado a repetir eternamente? La idea del destino nos convoca directamente a interrogarnos sobre la operatividad del psicoanálisis. Si esta todo jugado desde los inicios, ¿cómo entender la cura? ¿Cuál es el margen de acción de un analista? Freud avisa en “Sobre la iniciación del tratamiento”, que el mismo puede alcanzar logros significativos, no obstante, es imposible establecer a priori, cuáles y en qué tiempo. El tratamiento psicoanalítico, una vez comenzado, “sigue su propio curso”. Y dicho curso, no será el mismo para cada cual. Las estructuras de los pacientes difieren, pero además, no todos los encuentros entre pacientes y analistas, son afortunados.

Por último, podemos señalar algunos aspectos relativos al trauma. La película alude al trauma tal como es conceptualizado por Freud en “Más allá del principio de placer”. Guerras, catástrofes naturales, accidentes, violaciones, constituyen acontecimientos traumáticos que tienen la facultad de hacer estallar la vida en mil pedazos, porque el trauma sumerge al individuo en la inermidad, en tanto arrasa con recursos subjetivos preexistentes. Freud plantea en 1920 que en el trauma la angustia se impone masivamente al aparato rompiendo las defensas y perforando la membrana antiestímulo. En otros términos, lo real que el trauma comporta abate al fantasma, matriz de toda posibilidad de significación. Siempre conmueve al narcisismo, implica una regresión y, en ocasiones, genera una fenomenología rayana a la locura. El analista puede propiciar que algo de ese real alcance inscripción. Algunos de esos “pedazos”, quizás, arriben al puerto de la simbolización. ¿La vida quedará después mejor que antes, tal como vaticinaba la abuela Memé? No se sabe, posiblemente, esa concepción precipite en las mieles de un romanticismo que hace del argumento de Amapola una película disfrutable para algunos e irrelevante para otros.

Lic. Norma Vallone
vallone@psicocuestiones.com.ar




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